Batalla fugaz en la tundra.


Los cristales de hielo caen firmes desde el cielo ennegrecido por la incipiente noche. Camino solo entre multitudes, con el abrigo abierto, desafiante a camisa descubierta, sin más protección que un escudo de papel doblado y la valentía del caballero. Y no temo, no, no me inmuto ante las esferas granizadas que impactan en mi curtido cogote; no me aparto pese a las advertencias de los vehículos circulando raudos a su destino y esparciendo torrentes, estelas y testigos de un inclemente temporal. No: yo no temo al agua, pues de ella vengo y de ella estoy formado; en ella crecí y me crié, y del propio grifo la bebo. No huiré, pues lo mismo da estar mojado que más mojado, lo mismo da estar frío que agonizante bajo el sol tirano del mes más caluroso, porque entre la bruma se imponen las aristas de ladrillos y aluminio barato que forman mi refugio, en el que reposaré, pernoctaré y antes de todo ello, me daré un baño.

¡Ah, un baño! ¡Mi reino por un baño! ¡Mi colección de Mortadelos y todas mis medallas del cuarto lugar en el colegio por un baño caliente que combata los signos de hipotermia y restaure la gloria de este, mi bello cuerpo!

De la oscuridad que es soledad de mi piso brota una luz, el camino está casi consagrado. Un cubo vacío se convierte en uno lleno; unas incómodas botas de guerrero, que han dejado mis pies lastimados, se convierten en sendas pantuflas gloriosas, gloriosa su esponjosidad, glorioso su agujero. El chirrido acompaña la última oleada de enemigos, la última en esta tarde de lobos y escudos de papel rotos: las gotas frías dan paso a las tibias, osadas aficionadas, pues yo provengo del hielo, yo he sido hielo y he combatido contra él desde dentro, por ello penetro sin miedo en el chorro y por eso la tibiedad me teme; el agua caliente, con el quinto chirrido, al anuncio de las nueve en el reloj a prueba de agua, surge del este para rescatarme.

Es así como brotan mis fuerzas como si brotaran del mismo fuego, como si el mismo Hefesto me forjase a gusto de los dioses para servir a un bien superior. ¿Y qué puede ser el bien superior para un dios, que a nada puede temer en su inmortalidad descansada en el Olimpo? Desde luego, no consiste en preparar facturas, Rodolfo, dice una voz en mis adentros. No consiste en batallar contra tiempo y espacio en un cronómetro de hielo para pagar a combatientes a tiempo, no, Rodolfo, ese es trabajo para cualquier otro compañero de escudo, cualquier otro, pero no para ti. Y esa voz clama la verdad, pone de manifiesto lo que dentro de mí se forja a fuego lento, como las armas del propio Hefesto, y quizá sea la espada de Damocles de mis enemigos, que pende por encima de sus cabezas pendiente de un suspiro mío, que aguarda a que los últimos martillazos de fuego la formen, la piedra la afile, y las sabias estrellas de Twitter la encanten con verborrea ingeniosa.

¡Quizá no quiera seguir viviendo más batallas! Quizá haya llegado la centena de este cansado gladiador. He preparado suficientes pagas, he disfrazado el gasto de innumerables subvenciones. ¡Basta!, clamo a los azulejos imbuidos en vapor, ¡ya está bien!, grito al inodoro, lo único en el mundo que ha tragado más mierda que uno mismo. No perpetuaré más esta cadena de rutina y dolor, y apretando el puño, colocándolo sobre mi piloso pecho, con las toallas viejas como testigos, me juro a mí mismo que no iré a trabajar mañana. Aquí me recluiré, en este reconfortante baño calentito, pues del vapor me formo y del vapor provengo, aquí me fundiré con el agua y sellaré mi destino con el chirrido, latido mismo de la tubería, con el gel de baño de marca Deliplus, más reconfortante que un trago de buena hidromiel, con la dama esponja, que guarda miles de secretos en sus infinitos recovecos y nada cuenta, y con la fiel escudera alfombrilla que salva mi escurridiza vida cada día que pasa sin pedir nada a cambio. ¿Quién quiere salir con tan buenos compañeros? ¿Acaso puede superarse dicha semejante? Donde el mundo me quita, aquí recibo. Allá donde yo no soy más que un número en la formación de batalla diaria, mientras aquí soy el centro. ¿Y para qué quiero la aprobación del mundo, para qué quiero el dinero si el agua deshace el papel y yo soy un ser del agua?

Si alguien pudiera entenderme, si hubiera alguien capaz de ahondar en mis pensamientos, ha de saber que entre el vapor ha nacido un hombre libre. Si me escuchara uno tan solo, marcha y di al resto que mi vida acabó para pertenecer al agua, se rebeló, negó su derecho a humano por la mera posibilidad de negarlo. Dile al resto, ovejas prescindibles al servicio de un caudillo, que un hombre se aparta para ser su propio héroe y leyenda, su adalid, ¡portar la bandera del agua caliente a los rincones más profundos del alma humana!

El chillido suena agudo, pues el caballero ha sido herido, acometido, emboscado. La sociedad agotó el depósito del termo y brota ahora sobre mí el granizo líquido que cae fuera. Los saltitos no restan honor al valor pasado, que se suceden hasta que encuentro el incompleto reposo de las toallas y las pantuflas blanditas. El día termina. No hay canciones que cantar. Los bardos digitales anunciarán temprano el momento de ultimar las facturas de mes.

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