Cada vez más eterno.


El niño se ha perdido. Vaga entre las ramas retorcidas y sin hojas del camino angosto. No hay luna. La lluvia torrencial se mete en sus ojos y le impide ver, caminar es incómodo, sus calcetines están mojados, sus zapatillas se hunden por completo en el barro. Su abrigo pesa, y aunque la lluvia calma el clima invernal, el aire que sopla es frío como una cuchilla. Cada árbol seco y moribundo que le limita el camino es nuevo, y no puede verlos hasta que casi los ha tocado. Unas ramas extrañas se extienden en ese. Cuando las toca, solo por el tacto sabe que no son ramas. Un trueno ilumina las pezuñas podridas, el hocico momificado de un cerdo, un rostro sin ojos en las cuencas, los dientes al descubierto tras la piel retorcida y seca. El niño se para. No querrá avanzar. No sabrá retroceder, solo quiere cobijo, solo reza por que el camino no dirija hacia las montañas. Solo es un cerdo, debe de pensar, murió hace mucho, debe estar pensando, porque el niño camina, corre a través del camino de lodo, tropieza con un adoquín y mancha su abrigo del barro que salpica su cara. Su madre le regañará cuando lo vea. Una riña merecida por jugar más allá de lo permitido. El niño se ha perdido.

No ve nada más. Nota el tacto duro de la piedra, más allá de la gruesa capa de barrizal. Quiere volver a casa, pero su casa está lejos, quiere que pare la tormenta, pero la tormenta no parece que quiera acabar para el chico. Cada adoquín que asciende está más cerca de otro, más liberado del barro, y el camino de tierra es ahora uno de piedra. Continúa por la cuesta, hasta que los árboles desaparecen. El niño no ve nada entre los tonos negros que dan forma a la noche. Un trueno parte en dos el cielo, hace temblar la tierra, y por dos segundos ilumina todo de luz blanca y azulada. El niño ve que el camino se hace ancho. El niño ve que un edificio antiguo yace frente a él, y el trueno se acaba. No ve nada más.

No es un lugar seguro. La piedra de sus paredes es rugosa como la roca de acantilado, y atrapa en sus poros el agua de lluvia que no deja salir. La puerta de madera blanda, grande, no cede a la fuerza de sus brazos pequeños. Por su aspecto, la estructura parece una iglesia, un santuario. El niño golpea la puerta porque solo quiere guarecerse de la lluvia, grita por ayuda. No ha visto la cabeza decapitada del cerdo empalada justo arriba de la puerta. El niño grita, pero nadie responde... ese lugar no ve alterada su calma ni tan siquiera por la tormenta. La puerta cede por fin cuando comienza a romperse hacia dentro. El niño continúa, se esfuerza por entrar, ajeno a los adornos paganos quemados en los alrededores de las paredes del muro. Adornos profanos. Adornos sustituidos por cabezas momificadas de cerdo, grupos de moscas comiéndose las más recientes. El niño entra, en un lugar oscuro y frío en la fría y negra noche, solo escucha el golpe de la lluvia contra el techo, y la caída de las gotas en charcos a través de filtraciones en la piedra. No es un lugar seguro.

Solo el tacto dice la verdad. El niño palpa la madera fría de los bancos y camina a través de ellos, bancos humildes, que no se inmutan al verlo, esos bancos han visto a mucha gente, han visto demasiadas cosas, esos bancos observaron el Cristo crucificado delante de ellos hasta que cayó debido al tiempo y la podredumbre. Y el niño cruza la sala de techo quebradizo hasta el altar, donde detrás de él yace el Cristo caído de la cruz. Los clavos aún aguantan sus manos y pies... En el suelo, guiado por la luz de otro trueno que se filtra por las ventanas, el niño se agacha frente a los trozos, restos de la figura. Coge uno, el más cercano, la cabeza. La mandíbula está suelta, no hay ojos, sino cuencas, no es de madera. Donde sus ojos vieron pedazos, sus manos saben que toca huesos humanos. Solo el tacto dice la verdad.

Corre, niño. Detrás se escucha un chasquido muy vivo desde una esquina oculta del edificio, uno que la lluvia torrencial no puede ocultar. El niño se sobresalta: algo le ha tocado, pero ha sido una gota caída del techo. Observa junto a la puerta una luz, y se oculta deprisa tras el altar, deseando no estar allí. ¿Qué harás ahora, niño? Junto a la puerta hay una vela encendida, cuya llama tiembla ante las exigencias del viento. Aún estás a tiempo... Corre, niño.

Rojo. Una a una las velas del recinto se encienden. Escucha la puerta moviéndose, varios golpes que parecen querer cerrarla de nuevo, pero el niño no se atreve a mirar quién más hay, no quiere ver a los asesinos de los cerdos, solo querrá ver a su madre, que aparezca y se le lleve, pobre niño, susurrando el nombre de ella mientras la última vela acaba de encenderse. No le queda otra alternativa que esconderse en el interior del altar, donde alguien desploma algo pesado sobre la madera encima del niño, después de haberlo arrastrado. La luz de los candelabros cercanos alumbra el color de las baldosas del suelo... Rojo.

No hay nada. Se preguntará si el cuerpo pesado que se encuentra encima es el de un cerdo, o es algo peor, porque no se mueve, no reacciona. En sus ojos no le caben las gotas rojas que rebosan del altar para caer y humedecer las baldosas, aún tendrá grabado en su mente el tacto de la calavera y los pasos de los dos desconocidos que comienzan a entonar un canto gutural, grave, al unísono. Ni siquiera lo estará escuchando, se le ve pálido y petrificado... Solo pensará en su madre. Si hubieras huido a tiempo, niño, ahora estarías corriendo hacia ella. Pero ahora, debajo del cuerpo muerto encima de ti, ¿qué harás, niño? ¿A quién rezarás después de haber entrado en la ruina que ahora te rodea? La luz se apaga de pronto, cuando, entonando aún el cántico gutural, una figura se asoma y descubre su escondite, una capucha de tela roja rodeada de negro, no hay cara, solo negro dentro de la capucha roja, no hay ojos. No hay nada.

Adiós, niño. La figura vuelve a erguirse, como si no hubiera visto al niño petrificado con lágrimas en los ojos. Te lo advertí, niño. No me hiciste caso. No viste las cabezas de cerdo. La luz trémula de los candelabros alumbra el torrente de sangre que cae al suelo después del sonido del acero cortando carne, el suelo es muy rojo, no soporta más sangre y esta se escurre hacia el niño y mancha las suelas de sus zapatos embarrados. Y después de esto, la luz se debilitará, las figuras rectas comenzarán a torcerse, es siempre lo mismo... y el niño se agarra a las paredes, como todos los niños que decidieron ocultarse en ese mismo punto, abre la boca, seguramente esté susurrando el nombre de su madre, pero no se le oye, casi no se le ve, y pronto desaparecerá como tantos otros, pronto servirá de alimento para Él, el grande, el que todo lo da y todo lo hace pagar, el que surge del círculo y cada vez parece más real y más palpable. Adiós, niño.

Cada vez más vivo. Imagino al niño correr, como seguramente hayan corrido todos antes que él, corriendo por el prado, con pelo en los brazos y cuernos en la cabeza, le imagino mirando su cuerpo y gritar, comenzar a correr por el prado lleno de hierba infinita y eterna, delante de Él, de la figura grande que el niño no se atreve a mirar, correr por un prado que no se termina con su presencia eterna detrás, le observa llorar, deja que deshaga toda su desesperación, hasta que salga la luna violeta en el cielo verde y rosado, y la mire porque no existe nada más precioso, se la quede mirando y aúlle dejando que el brillo violáceo ilumine sus colmillos, y pronto vendrán más como él, para adorar a la luna cada vez que se deja ver en el cielo verde y rosado, en la pradera infinita, lejos de la iglesia de los cerdos decapitados, lejos del círculo cada vez más brillante y el cuerpo en su interior. Cada vez más vivo...

Cada vez más eterno.

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