Soy la cura.


Las estrellas. Iluminan el universo y muestran la belleza de sus formas, de sus colores, lo llenan de paz, de orden. De certidumbre. No hay metáforas que pueda aplicar, porque ellas son en sí mismas la luz, el todo, lo perfecto. No hay nada por encima de ellas. Ni siquiera el astro más masivo y esférico.

Sé que, por cada estrella que nace, se forman cientos de agujeros negros. Sé que, por cada estrella que muere, hay un estallido del cual se forma otra galaxia, u otro universo. Lo sé, porque lo he visto. No creo en los números, no creo en dioses, tampoco, yo creo en el equilibrio, en el balance. Tengo la certeza de que el cosmos es tan masivo para que haya tanta aleatoriedad, una tan masiva, que mantenga el universo en constante equilibrio, para que, en cada extremo del vórtice, haya ocurrido una cosa distinta, con tantos extremos, que hayan ocurrido todas a la vez.

He sentido el calor de una supernova que arrolla todo a su paso, he sentido los cristales de cometa derretirse en mi superficie. ¿Cuántas veces habré conocido galaxias tan perfectas que he contemplado hasta que hubieran dejado de existir? Con sus luces, amarillas, rojas, blancas. Verdes. Violáceas. He visto planetas deshechos mantenerse unidos, he conocido planetas sin estrella, estrellas sin planeta, amores solitarios sin nada a que bendecir con su luz.

Sí... el universo es maravilloso... pero no es perfecto. Nada en La Existencia lo es, todo tiene fallas, una debilidad. Una plaga. Recuerdo la primera vez que vi algo así, una roca en movimiento, de la cual salía de ella una estela. Esa roca no obedecía a nada que hubiera conocido, no era natural, no debería tomar esa ruta, mucho menos corregirla, recuerdo sentir pavor la primera vez que lo vi, hace tanto, tanto tiempo... Pensé que las leyes de La Existencia habían colapsado, y todo acabaría, pero no fue así. Solo en aquella galaxia había algo semejante. Vi otra roca metálica, irregularmente regular, fluir en el espacio, otra aberración, y seguí la fuente de donde provenían, y descubrí un planeta hasta entonces oculto a mis ojos, en el que había seres de cuerpo azul, hojas violáceas, de profundas raíces, que metían en la tierra y se alimentaban de ella. Vi cuerpos rojizos, diminutos, moverse a voluntad a través de la superficie del planeta, ellos se movían, ellos construían edificios, vehículos, rocas caminantes y voladoras que los llevaban a cualquier parte que su voluntad quería.

En aquel momento, no sabía que aquello se llamaba vida. Tan solo vi materia inorgánica, ser poseída y desplazada, contra las leyes de todo lo que había conocido, una especie de voluntad alrededor de tierra carbónica que sometía al planeta, lo explotaba, deshacía sus valiosas entrañas y las usaba para construir refugios en los que habitar. No solo había cuerpos azules de hojas violáceas, y hombres rojizos. También había entes peludos, que mataban a otros para alimentarse de lo que eran, vi seres de exoesqueleto con millones de ojos diminutos. No era solamente la variedad: era el equilibrio que todo ello formaba en el planeta, un equilibrio cruel, una abominación, más bien una burla al verdadero equilibrio que posee el universo.

Aquel planeta estaba condenado, había enfermado y había muerto a manos de seres hechos del propio material del planeta, diseñados para destruirlo. Reaccioné sin pensar, me coloqué en la órbita del planeta y dejé que se estrellara y deshiciera en mi superficie. Me sentí sucio, sentí a esos seres en contacto conmigo, y arrastré todos los restos de ese planeta hacia su estrella para que se purgara y no tuviera que hacer esto ninguna otra vez. Y muy rápidamente, localicé todas las rocas metálicas que construyeron, algunas aterrizaron en otros planetas, y los deshice, los volqué en la estrella, la estrella colapsó, y destruí el sistema para que nada más pudiera ocurrirle al resto.

En aquella época era inocente, pensaba que el universo sería eterno... ¿Pero qué le ocurre? ¿Por qué he visto vida en otras galaxias? Algunas poseían varias civilizaciones diferentes, todas de los materiales que el propio planeta les brindaba. El universo está enfermo, y la vida en él se reproduce como tumores, y si destruirlos en el propio universo no basta, yo mismo los engulliré a todos, hasta que la enfermedad me consuma. He engullido tantos, y aun así no dejo de descubrir...

Sé que no he encontrado todos los mundos habitados... pero algún día los encontraré, y en ese momento, podré morir, moriré en el confín más distante del universo, y cuando yo deje de existir, la vida dentro de mí estará tan lejos de cualquier cosa que no podrá volver a reproducirse.

Una bola de metal, recubierta de oro, ¿de dónde procede? Huelo vida. Huelo enfermedad.

Oh, rocas. Oh, estrellas. Ojalá vuestra quietud fuera eterna, ojalá toda La Existencia fuera quietud. Pero el dios que crease este universo ha germinado demonios dentro de vosotras. Y voy a extirparlos.

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