Nuestro bosque.


Ningún humano entra en el bosque de mis pequeñas para quedarse. Todos llegan, caminan y se van, movidos por su instinto de supervivencia. Cuando viajan solos callan, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el suelo... a veces ríen de forma tímida, cuando van en compañía, pero sus pálpitos son más fuertes bajo el cobijo húmedo de las sequoias, los robles y los pinos. Cuando se apartan del camino para contaminar los arbustos y helechos con sus fluidos repulsivos, o matan la belleza del musgo, provocan a mis pequeñas, y debo apaciguarlas. Recordarlas que hay que tener paciencia, antes de matar. A veces llegan a mí sus olores a alimaña sucia y sus gritos de altanería tan tristemente inmadura, otros días tiran objetos de vidrio entre ramas de matorral, o asustan a los animales que mantienen el bosque en equilibrio. Molestan y tientan a la suerte, pero no cometen la imprudencia de herir a mis hijas. El olor y los gritos son tan fugaces como sus vidas, y los objetos artificiales desaparecen en la oscuridad, porque no somos como ellos, cuidamos de nuestro bosque. Los humanos caminan, pero no se quedan. Nuestro bosque es verde, es antiguo y está vivo. Es sagrado.

Ninguno lo hizo, pero aquellos cuatro parásitos sí. Aparecieron por la mañana con una bestia grande de metal, que tenía dos ojos que iluminaban, en lugar de ver. Las advertencias se grabaron en cada hoja caída de cada árbol, pero no leyeron ninguna. La brisa, y el rumor del riachuelo, les susurraban, cargados de mensajes, pero desoyeron todos tronando la vegetación con una máquina que les hacía retorcerse y gritar al unísono. Ensuciaron cada aroma floral con grasa y carbón de un recipiente metálico con carne. No dudaron en arrancar las plantas para preparar un campamento... Yo mantuve ocultas a mis hijas, por última vez. Esto no eran gritos u objetos de vidrio, era aplastar conscientemente lo que infinitas generaciones habían respetado. Y entre los cuatro, estaba ello. Ese humano.

Cayó la noche, y se fueron a dormir. Cientos de ojos observaron cómo les iba entrando el sueño, uno a uno, hasta entrar en trance. Pensé que asustarles sería lo más correcto... una muestra de piedad de nuestro bosque hacia el suyo de basura y aire fétido. Un error. Caminaba despacio y aturdida, mi niña. Todas las hijas que estaban allí la llamaron, pero los ruidos sintéticos a lo largo del día la confundieron, y no podía oírnos. Acabó tocando el material artificial, se vio frente a ello, ese demonio que, de dormido, pasó a abrir los ojos. La aplastó... y la arrolló con sus garras, de forma cruel y violenta. La mató. A mi bebé. Sentir su sangre fuera de ella, sus ocho piernecitas blancas encogidas... El alivio y la satisfacción de ello, que no era nada... No mató a un animal cualquiera, era una de nosotras, de una especie blanca, y pura como la tierra. Sesgamos su vida como ellos arrancaron las plantas. Mis hijas saltaron de las ramas de los árboles, aparecieron entre piedras y raíces, y tal y como dormían, tres de los humanos durmieron para siempre. Pero uno escapó. El asesino. Corrió hasta la bestia de metal, donde mis hijas no podían dañarlo, y huyó a donde no pudimos perseguirlo. Las tres bestias inertes fueron borradas del bosque, sus cuerpos, sus pertenencias, la evidencia de que alguna vez lo pisaron. El cuerpo de mi bebé pudo ser recuperado para honrar a la tierra.

Los años pasaron, y el bosque se recuperó, igual que nosotras, como siempre acabamos haciendo. Entre los cantos de los pájaros y el murmullo vivo de la vegetación, reconocí el ruido de aquella máquina en la que huyó el asesino de mi bebé, y, tal y como esperábamos, se detuvo en el lugar de la tragedia y bajó, muy desmejorado. Los años no tratan bien a quienes tienen cosas que pagar... y él pagó. Él lo intentó. De un recipiente que abrió, dejó salir su contenido, de peste artificial, cinco animales que se arrastraban entre las pequeñas piedras de la tierra, como nosotras, pero sin ser como nosotras, ni parecido, ni siquiera la misma sangre. El humano se marchó rápido con estruendo caótico de máquina, dejando a esos animalitos correr, y con ellos, alterando el equilibrio perfecto del bosque que hace tiempo que alteró en el otro sentido... qué ingenuo. Nunca le necesitamos. Aquellos pobres animales debían ser sacrificados, pero aunque su intento de perdón fuera tan pobre, le dejamos escapar, porque le vimos, cómo, habiéndonos ganado, acabó perdiendo igualmente. De su tormento creció el respeto hacia este bosque, y no le vimos más. Para que se pudriera en sus miedos, dejamos vivir al humano que sobrevivió a la furia de las ancianas.

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